La noticia del fallecimiento por extenuación del montañero español Tolo Calafat en la cumbre del imponente Annapurna, uno de los "ochomiles" del Himalaya, me ha impresionado. Me imagino a un hombre al límite de sus fuerzas, a más de 7.500 metros de altura, agotado, sin comida, sin agua, a decenas de grados bajo cero y consciente de que la muerte le abraza con más fuerza a cada instante. Incapaz de desplazarse ni un centímetro más, pasó la noche en compañía de la única persona que se quedó a su lado: el sherpa Dawa. Sus compañeros continuaron la bajada mientras ellos "se quedaban" rezagados (explicaré las comillas en el siguiente párrafo). Cuando el retraso empezó a resultar preocupante los esperaron, pero ya era demasiado tarde. Tras dos horas sin aparecer y ya con la noche encima, tuvieron que reanudar el descenso hasta el campamento 4, a riesgo de quedar ellos también en el camino, pues empezaban a experimentar síntomas de congelación y ceguera. Al día siguiente Dawa regresó solo al campamento 4 y dijo que Calafat no podía andar, que había intentado moverle por todos los medios, pero que era imposible. La situación ya era sumamente complicada.
En unos cuantos periódicos leo que los montañeros culpan de la tragedia al equipo de la alpinista Oh Eun-Sun: no sólo porque afirman que retiraban las cuerdas sin importarles si aún había alpinistas por ascender o descender -incluso las que no eran suyas-, dificultando así la tarea de los demás, sino porque parece ser que la surcoreana se negó a colaborar en el rescate, cosa que entra en contradicción con lo que algunos periódicos, como El País, publicaron tras las primeras horas del suceso. Considerando que la información que inicialmente se proporciona a la prensa puede no ser del todo cierta y confiando en las palabras de Oiarzábal y Pauner, es posible que la tipa sea bastante rancia, así que esperemos que no llegue a encontrarse nunca en una situación parecida a la de Tolo Calafat. No obstante, de ahí a decir que es responsable del fallecimiento hay un trecho bastante largo.
Porque, sin ir más lejos y aunque duela, los principales responsables de la muerte del alpinista son sus compañeros. Después se produjo un cúmulo de circunstancias que, francamente, no actuaron a favor del pobre hombre. Pero los primeros en cagarla fueron ellos, sin duda, cuando cometieron el gran error de dejarlo atrás durante el descenso. ¿Cómo es posible que veas que tu compañero aminore la marcha, se empiece a encontrar mal, y tú sigas tu camino como si no ocurriera nada? Ellos dicen: "Se quedó rezagado". Perdona, no "se quedó", lo dejasteis, que es muy distinto. No se trata de una excursión dominguera a la orilla del río, estamos hablando de uno de los picos más altos y peligrosos del mundo: si alguien está perdiendo las fuerzas y no sigue el ritmo del grupo no puedes dejarlo tirado como una colilla y esperar a que él solo se recupere, máxime cuando no portaba ni saco de dormir y la comida y el agua de que disponía eran tan escasas que al llegar la noche ya no le quedaba nada. Maldita sea, ¿estás a más de siete mil metros de altura, ves que un compañero ralentiza el paso y sólo se te ocurre seguir tu camino sin preocuparte lo más mínimo por su estado? ¿Que la travesía no presenta dificultades técnicas? El hecho de encontrarse a 7.500 metros sobre el nivel del mar -sin olvidar las 20 horas de esfuerzo extremo a las espaldas- entraña dificultades de por sí, creo yo. Lo esperaron luego, cuando ya hacía dos horas que le tenían perdida la pista, ¿qué clase de compañeros son esos? ¿Tienen derecho a hablar ellos de la "insolidaridad" de la otra expedición cuando ellos permitieron al montañero retrasarse? El último rostro que vio Calafat fue el de Dawa, el único que se quedó con él. Y yo me pregunto: si Dawa podía seguir su paso y acompañarle, ¿por qué no podían hacerlo los otros?
Luego sí, luego hicieron llamadas y contactaron con un helicóptero y mandaron al sherpa Sonam (un señor de 50 años que había descendido con ellos hasta el campamento horas antes, y si ellos estaban exhaustos, me pregunto por qué el sherpa tenía la obligación de estar lo bastante fresco como para salir a rescatar a Calafat), como si fuera un esclavo de la época colonial, para que fuera a buscarle. Durante once horas estuvo buscando el sherpa al montañero, cargado con una tienda, un saco, medicinas, comida, agua y una bombona de oxígeno, poniendo en riesgo su vida entre las nieves y sin éxito. Y Oiarzábal aún tiene el cinismo de acusar a la alpinista coreana de no pedir (quizá "imponer" u "obligar", como he llegado a leer por ahí) a sus sherpas que fueran a rescatar a Tolo Calafat arriesgando su propia vida, ni a cambio de seis mil euros para cada uno. Pero qué desfachatez, ¿qué cree que son los sherpas? ¿Unos esclavos? Y aún añade que "se está perdiendo la ética" (??).
Los sherpas, expertos conocedores de la tierra que les ha visto nacer, acompañan a los alpinistas hasta las altas cumbres, pasan la noche con ellos si sus compañeros se han largado, los buscan si se extravían, y a la hora de colgar medallas por encumbrar las cimas más altas del planeta, los sherpas son invisibles. Con los mismos pulmones, la misma sangre, los mismos músculos, con el mismo corazón, ascienden y descienden los sherpas las grandes montañas del Himalaya, y con un reconocimiento cero a su labor, exactamente la misma labor que hacen los que sí se llevan los laureles. Cuántas vidas no habrán sido salvadas gracias a los sherpas, guías y montañeros nepalíes, y cuántos sherpas han muerto también, además de hacerlo en un completo anonimato. En esta ocasión Oiarzábal y Pauner deberían reconocer que cometieron un fatal error y no andar acusando de que los sherpas de la expedición surcoreana no querían arriesgar su vida por dinero, por seis mil cochinos euros.
Ni la vida de un compañero se compra con seis mil euros, ni la de ninguna persona -incluidos los sherpas- vale esa miseria, así que sería mucho mejor para su reputación que no pregonaran más ese deshonroso ofrecimiento y que asumieran la responsabilidad que les corresponde ante la pérdida.


